Tras recorrer varias localidades de Cuba, un periodista de "The Atlantic" documentó historias como la de una enfermera que atiende prácticamente sola a 870 habitantes, además de la escasez de alimentos y medicamentos.
MADRID, España.- Una mujer de 76 años y su hija sobreviven pidiendo limosna y recogiendo botellas de plástico en Santiago de Cuba, después de perder el único sustento económico que tenían. Ambas duermen sobre estructuras metálicas cubiertas con cartones, sin colchones. En su vivienda ni siquiera tienen una bombilla eléctrica.
La historia forma parte de un reportaje publicado este 26 de octubre por la revista estadounidense The Atlantic, cuyo periodista Robert F. Worth recorrió varias localidades cubanas durante nueve días de agosto pasado, acompañado por el fotógrafo Moises Saman.
Bajo el título The Collapse of Cuba (El colapso de Cuba), la investigación describe las condiciones de vida de ciudadanos afectados por la escasez de alimentos, medicamentos y combustible, el deterioro de la atención sanitaria y los apagones.
Worth encontró a las dos mujeres mientras caminaba por el malecón de Santiago de Cuba. Ambas se acercaron para pedirle dinero y le contaron que su principal apoyo económico había sido el hijo de la anciana, quien trabajaba como guardia de seguridad y falleció de cáncer el año pasado.
Desde entonces, según explicaron, pasan sus jornadas pidiendo dinero y recogiendo botellas que intentan vender por unos pocos pesos. La madre aseguró que no reciben ninguna ayuda estatal.
El periodista decidió visitar su vivienda y encontró una habitación en condiciones precarias, donde ambas descansaban sobre armazones metálicos cubiertos con cartones en lugar de colchones.
Cuando preguntó si tenían electricidad, la anciana respondió que ni siquiera disponían de una bombilla. El reportaje presenta su situación como uno de los ejemplos más extremos de la pobreza que Worth observó durante su recorrido por el país.
Una enfermera para 870 habitantes
Otro de los testimonios recogidos por The Atlantic corresponde a Clara Luaces, una enfermera de 55 años que trabaja en Cayo Granma, pequeña localidad situada a la entrada de la bahía de Santiago de Cuba.
Luaces explicó que atiende prácticamente sola a los 870 residentes del lugar, además de personas procedentes de otras comunidades costeras que han perdido acceso a la atención médica por la salida de profesionales de la región.
Según el periodista, el consultorio donde trabaja es una habitación pequeña, calurosa y llena de pacientes.
La enfermera relató que la localidad llevaba tres meses sin suministro de agua corriente, situación que, según su experiencia, había provocado un incremento de enfermedades bacterianas y afecciones de la piel.
Luaces aseguró que algunos pacientes jóvenes estaban falleciendo, aunque el reportaje no aporta estadísticas o documentación médica que permitan determinar cuántas muertes se han producido ni sus causas.
La profesional afirmó que no piensa jubilarse porque no hay otra persona disponible para asumir sus responsabilidades.
Iglesias que distribuyen alimentos y medicamentos
Uno de los hallazgos centrales de la investigación es el creciente papel de las organizaciones religiosas en la asistencia a personas vulnerables.
En La Habana, Worth visitó la iglesia de Los Escolapios, donde conversó con el sacerdote Iván Guerra Álvarez.
El religioso le mostró instalaciones de un antiguo convento que, según explicó, fueron ocupadas por el Estado después de 1959 y que la Iglesia está intentando recuperar.
Durante su visita, el periodista presenció actividades religiosas con más de cien niños y fieles. Al concluir, voluntarios distribuyeron almuerzos de arroz y frijoles.
En Baracoa, Worth entrevistó al pastor pentecostal Raúl de Jesús Muñoz Munder, quien explicó que su congregación organiza reuniones semanales para identificar a personas enfermas, familias sin alimentos y residentes que necesitan medicamentos.
El pastor afirmó que su iglesia cuenta con aproximadamente 1.100 miembros habituales, pero ofrece asistencia a muchas más personas.
También señaló que las Asambleas de Dios han pasado de dos a unas 40 iglesias en la región de Baracoa durante las últimas tres décadas.
Adultos mayores abandonados y familias separadas por la emigración
La investigación también examina las consecuencias sociales de la emigración, especialmente entre los adultos mayores.
En Camagüey, Worth conoció a una anciana en silla de ruedas que vivía sola. Según su relato, uno de sus hijos había emigrado y el otro, profesor de secundaria, cumplía una condena de 14 años de prisión tras acusar de corrupción a un alto funcionario.
La mujer explicó que su fe religiosa constituye una de sus principales fuentes de apoyo.
En La Habana, el periodista visitó un hogar de ancianos administrado por la Iglesia católica, donde encontró a antiguos empleados estatales y militares que dependían de la asistencia de la institución.
Una enfermera del centro le explicó que muchos residentes habían tenido carreras profesionales destacadas, pero terminaron solos después de que sus hijos emigraran.
Entre ellos figuraba un antiguo combatiente de Angola, de 65 años, que conservaba un tatuaje del Che Guevara y expresaba un profundo desencanto con la situación actual de Cuba.
Un recorrido marcado por el descontento
Durante sus nueve días en Cuba, Worth también encontró ciudadanos que expresaron abiertamente críticas al Gobierno.
En Baracoa, un grupo de hombres se quejó del aumento de los precios de los alimentos. Uno de ellos manifestó su frustración con la situación económica y aseguró que había perdido la esperanza de que las condiciones mejoraran.
El periodista afirma que ninguna de las personas con las que conversó durante su recorrido responsabilizó directamente a Estados Unidos o al presidente Donald Trump por sus dificultades.
Entre ellos, el ingeniero jubilado Guillermo Almeida consideró que la pandemia de COVID-19 y la posterior caída del turismo habían sido factores determinantes en el deterioro económico.
El contraste final en Santa Ifigenia
Worth concluye su investigación con una visita al cementerio de Santa Ifigenia, en Santiago de Cuba, donde se encuentran los restos de Fidel Castro.
El periodista describe jardines bien cuidados, senderos limpios y una ceremonia de cambio de guardia realizada por militares uniformados.
La escena contrasta con las calles deterioradas, los edificios abandonados y las dificultades de los ciudadanos que encontró durante su recorrido.
Para el autor, esa diferencia representa la distancia entre los símbolos oficiales de la Revolución y las condiciones de vida de muchas de las personas entrevistadas.
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