Hoy la comida se enfría mientras miramos las sillas vacías. Hay mucha muerte entre nosotros. Muchísima tristeza. Y hambre, Virgilio. Muchísima hambre.
LA HABANA.- Hubo un tiempo en que nos sentábamos juntos a la mesa. Los padres y los hijos, los abuelos y los nietos. Se extendía el mantel, se repartían las servilletas, se colocaban los cubiertos en su sitio. Hasta para beber agua había recomendaciones. Y, por supuesto, nadie debía empezar a comer antes de que estuvieran todos.
La mesa era sagrada, se decía en casa. Había que esperar por los demás.
Los domingos eran los mejores días para aquella ceremonia. Salían los manteles que se guardaban durante la semana, aunque no tuvieran holanes finos; la vajilla más cuidada, los vasos reservados para las visitas y las ocasiones importantes. Se juntaba la familia alrededor de unos frijoles dormidos, unas masitas de cerdo, los chicharrones. Siempre había alguien que demoraba y alguien que preguntaba por él.
Hoy también es domingo. Escribo estas notas y trato de reunir a mi familia. La busco en Miami, en Europa, en Asia, en Oceanía. Se fue desparramando por el mundo, cada cual con su urgencia, su miedo, sus ganas de encontrar un sitio donde vivir. Muchos se largaron. Ay, se largaron.
¿A quién le ponemos ahora un plato? ¿Por quién esperamos?
Falta María. Falta Juan. Rosa se fue sin avisar, por miedo a que alguien la descubriera, la chivateara, le frustrara el viaje y la devolviera a la misma vida, pero sin un medio en el bolsillo. Hubo despedidas que solo pudimos hacer después de la partida. Nos enteramos cuando ya no quedaba tiempo para cocinarle algo al que se iba, para sentarlo una última vez a la mesa.
¿Esperaremos a Godot? ¿Dónde está Godot? ¿También se fue al exilio?
Mi vecina dice que no soporta los domingos. Yo tampoco. Los domingos pesan en la patria y pesan en muchos de esos exilios que hemos ido escogiendo durante años y años. A esta hora unos apenas se levantan y otros ya están recogiendo los platos de la cena. Hasta los relojes se han puesto de acuerdo para impedir la sobremesa.
Y luego están los que no volverán. Ese otro Juan que se ahogó cuando intentaba llegar a la Florida. El hijo que murió en África. Los que encontraron la muerte en Europa, lejos de sus casas, de sus madres, de aquella mesa donde todavía alguien podría estar esperando por ellos.
También las epidemias han ido vaciando las sillas. Se parecen al exilio en eso: nos separan, dejan huecos, nos obligan a acostumbrarnos a una ausencia que al principio parecía imposible.
Pero, aun si consiguiéramos reunir a los que quedan, habría que ver qué ponemos en los platos. Las masitas de cerdo se han vuelto un recuerdo. Los chicharrones, otro. A veces ni siquiera aparecen esas alitas de pollo tan pequeñas que se deshacen en la boca y nos dejan con hambre. Cuesta reconocer en estas comidas apuradas y escasas aquella ceremonia del domingo.
Todavía hay encuentros, claro. Nos sentamos y hablamos. Pero enseguida aparece el nombre del que murió ayer, del que no recibió atención médica la semana pasada, del que pasaba por la calle cuando se desprendió un balcón. Hacemos el recuento. Nos preguntamos por una familia y acabamos contando sus muertos.
Faltan Virgilio, Juan, Rosa. Faltan tantos que a veces cuesta encontrar las ganas de volver a poner la mesa. Y también faltan los vivos: los que están lejos, los que no pueden venir, los que han perdido el ánimo para otra tarde de malas noticias.
“Si vas a comer, espera por los demás”, nos decían.
Hoy la comida se enfría mientras miramos las sillas vacías. Hay mucha muerte entre nosotros. Muchísima tristeza. Y hambre, Virgilio. Muchísima hambre.
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