El mundo ha visto una vez más, como para que ya no queden dudas, cómo son en realidad esos represores disfrazados de diplomáticos cuando alguien los expone como la mafia que realmente son
LA HABANA.- No son necesarias otras pruebas del matonismo del régimen cubano frente a las ofrecidas por la propia delegación cubana en la ONU esta jornada del 27 de octubre. Solo con ver a unos “diplomáticos” intentando silenciar e intimidar al embajador estadounidense con gritos y golpes en la mesa, como si en vez de en Nueva York estuvieran en un solar de Centro Habana, ya uno puede imaginar —tal como ha convidado Mike Waltz a la Asamblea— lo que sucede cuando un opositor o un periodista independiente se les enfrenta verbalmente. Por ejemplo cuando se les enfrenta en una de esas “entrevistas” donde, en ocasiones, no han faltado las pistolas sobre la mesa y las amenazas de muerte, contra el interrogado y contra sus familiares.
Esos episodios de violencia e irrespeto contra la delegación estadounidense y su tiempo reglamentario en el podio de la Asamblea General, de caotizar un espacio ajeno y hacerlo una extension de la prepotencia dictatorial, ha sido lo más importante entre todo lo sucedido en la ONU en la jornada de este martes. El mundo ha visto una vez más, como para que ya no queden dudas, cómo son en realidad esos represores disfrazados de diplomáticos cuando alguien los expone como la mafia que realmente son, y entonces ya sin máscaras ni contención como tal actúan.
Vilma Espín en su momento, igualmente en Nueva York, nos dejó con su “despiste” o “chochera” otra prueba del matonismo que tanto han practicado los Castro y sus secuaces por más de medio siglo hasta normalizarlo. Cuando, entre amenazas, intentó arrebatarle la grabadora al periodista que le lanzaba preguntas incómodas, confundiéndolo con un reportero de los medios oficialistas, nos mostró bien claro no solo lo que serían capaces de hacer con los indisciplinados sino que, demasiado tiempo asumiéndose como los dueños absolutos de un país, suelen olvidar cuáles son los limites de su poder, y que fuera de Cuba, en un espacio de democracia, cualquiera puede ponerlos en su lugar, y además sin tenerles miedo.
El bochornoso y ridículo acto de repudio que hace unos días ofrecieron los “diplomaticos” cubanos, igual en el espacio de la ONU, contra representantes de la sociedad civil cubana en el exilio hubiera sido suficiente para que la Asamblea General, teniendo en cuenta además otros episodios de años anteriores, previera el lamentable espectáculo que daría ese mismo grupo de represores este 27 de octubr. Y, como corresponde contra una acción tan ofensiva, donde gritaron todo tipo de ofensas y frases de odio, cancelar la sesión la víspera y, como extensión de la medida punitiva, retirar definitivamente del debate y la votación la resolución cubana.
Más cuando sobran las pruebas de que no existe un “bloqueo” tal como lo describe el régimen cubano para victimizarse (y sacar provecho de paso) sino la soberana decisión del Gobierno de los Estados Unidos de no establecer ni propiciar el intercambio comercial ni las transacciones financieras con una dictadura aliada incondicional de regímenes y grupos terroristas. Un régimen que ha convertido los derechos humanos en privilegio de una élite, usa el matonismo y la pobreza general inducida como sus principales métodos de control político.
Los intentos de silenciar a Mike Waltz también llegaron al personal técnico de la ONU. Según denunció el embajador estadounidense, un diplomático cubano presionó a los trabajadores para que cortaran los micrófonos durante su intervención y luego intentó intimidar a un integrante de su equipo que advirtió lo ocurrido.
La Asamblea esta vez no contempló solo a la chusma que designa el régimen como “diplomáticos” donde quiera que tiene una embajada o representación, sino que pudo ver al mismísimo Bruno Rodríguez Parrilla intentando invadir el podio del representante de los Estados Unidos y obstruyendo el normal desarrollo de la sesión.
La finalidad del acto del canciller cubano, que algunos tildan de demencial, apuesto a que tuvo por objetivo desplazar con urgencia la atención de las imágenes presentadas por Mike Waltz, sobre la indiscutible vida de lujos de la familia Castro, hacia un espectáculo de chusmería con toda la potencialidad que tiene lo grotesco de volverse viral en las redes sociales y medios de prensa, invisibilizando a su vez el contenido más importante.
Tengamos en cuenta que, además de matones y tramposos, los comunistas cubanos son expertos en ese tipo de distracciones y reacciones, y cuando la orden “de arriba” es hacer de tripas corazón y volverse chancleteros frente al mundo cuando se agotan los argumentos, aunque el escenario sea la mismísima ONU, entonces toca hacer lo que se les ordena, y así de obedientes, aunque ridículos, conservar los privilegios (y de paso la vida).
Mike Waltz les echó las pruebas en la cara. Las pruebas irrefutables de la hipocresía que representan y, como nunca otro representante de los Estados Unidos, les dijo a los castristas unas cuantas verdades que necesitaban escuchar en ese mismo salón donde se han reído año tras año de todo un pueblo, fingiéndose iguales a los hombres y mujeres de a pie, cuando en realidad habitan en un universo paralelo de abundancia y privilegios.
Aún así, Mike Waltz no los sacó de quicio, simplemente la delegación cubana hizo lo que Raúl Castro y su familia todopoderosa esperaba de ellos como los bufones que son. Solo a ratos en el triste papel de “diplomáticos” de una dictadura.
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